6 de maig 2008

La clau no és la solvència del banc, sino la la seva liquidesa

Cada vez está más claro que el mayor riesgo de la crisis no son las quiebras bancarias, que los propios gobiernos no van a permitir, sino la restricción del crédito.

A pesar de que en las últimas semanas han empezado a oírse voces, algunas tan autorizadas como las del Banco de Inglaterra y el secretario del Tesoro de EEUU, que aseguran que se empieza a ver la luz al final del túnel, lo cierto es que los protagonistas de los mercados financieros no lo tienen claro.

Ni siquiera atisban cuánto habrá que esperar para que se restaure la confianza en el mercado interbancario. Los protagonistas de las finanzas españolas aseguran que el verdadero problema al que se enfrenta el sistema internacional no es la falta de solvencia, sino de liquidez. Este punto, que sigue sin resolverse cuando ya han transcurrido nueve meses desde que se desató la crisis financiera provocada por las hipotecas basura de Estados Unidos, se ha colocado en el primer puesto del ránking de preocupaciones de los banqueros y autoridades monetarias.

De hecho, el pasado 2 de mayo la alianza de bancos centrales que conforman la Reserva Federal (FED), el Banco Central Europeo (BCE) y el Banco Nacional de Suiza (BNS) han vuelto a potenciar sus acciones coordinadas destinadas a aliviar las presiones que genera la falta de crédito en el mercado.

En el mercado de titulizaciones se empiezan a ver algunas emisiones de los jugadores más sólidos y fuertes, pero los precios pagados están muy por encima de los que se manejaban antes de la crisis.

Los que no se pueden caer
Ningún banco de tamaño importante ha quebrado, ni probablemente lo hará, porque las propias autoridades públicas han anunciado su disposición a intervenir cuando se ponga en duda la estabilidad de toda la arquitectura del sistema. El sistema ha demostrado que está preparado para asumir bancos al borde de la quiebra, ayudas estatales, inyecciones de capital de fondos soberanos, intervenciones de los bancos centrales, planes de rescate coordinados.

Se ha podido comprobar en Inglaterra, donde el Gobierno ha decidido, nada menos, que nacionalizar Northern Rock. Y también en EEUU, donde se ha diseñado un acuerdo a la medida entre la Reserva Federal y JPMorgan para salvar del descalabro al banco de inversión Bear Stearns.

Cuando no ha sido el Estado, otros jugadores provistos de abundante liquidez, como los fondos soberanos, han intervenido inyectando capital en las entidades necesitadas. Buenos ejemplos de ello son los bancos americanos Citi y Merrill Lynch; y los europeos UBS y Credit Suisse, por citar algunos de los casos más sonados. Otros, como Royal Bank of Scotland (RBS), han pedido a sus propios accionistas ayuda para recapitalizarse con ampliaciones de capital. Si han estado dispuestos a ofrecer descuentos significativos, como en el caso del banco escocés, no han tenido dificultades para convencer a los inversores de que les inyectaran fondos.

Todas estas operaciones muestran la incapacidad de las entidades para acceder a las fuentes habituales de recursos necesarios para desarrollar su negocio, es decir, prestar.

La economía real
Y aquí aparece el gran problema: que si la banca no tiene liquidez y restringe el crédito se genera un círculo vicioso que afecta a la economía real. Y a su vez, cuando el ciclo económico empeora, la calidad de los balances bancarios sigue el mismo sendero: aumentan los impagos y la morosidad.

Un importante banquero español cifraba recientemente en 400.000 millones de dólares los impagos que llegarán en los próximos meses a los balances de los bancos comerciales estadounidenses por la recesión, entre tarjetas, créditos al consumo, hipotecas etcétera. Las entidades, conscientes de este problema y con dificultades para acceder a los fondos mayoristas, han recortado drásticamente el crédito, no sólo a las familias, sino también al sector productivo. De hecho, algunos de los bancos y las cajas españolas que tienen presencia en EEUU aseguran haber notado una mayor demanda de crédito por parte de compañías que, aún siendo solventes y rentables, encuentran cerradas las puertas de las entidades locales, de las que eran clientes habituales.

Por eso, incluso los bancos que están bien capitalizados, protegidos contra la subida de la morosidad gracias a una política prudente de provisiones, y con una buena gestión del riesgo de liquidez –como es el caso de los españoles– no se escapan al temor de que la crisis dure más de lo previsto. Si la liquidez no vuelve a fluir por los cauces habituales, ningún banco puede considerarse a salvo de problemas.

M.Romaní